
A veces tengo la impresión de que mi vida esta constituida de recuerdos.
Tómemos un día como hoy, por ejemplo:
Dormí seis horas. Me desperté a medio día, totalmente resacosa y esperando no hacer nada. Después de tomar un buen baño, mi hermano me recordó que prometí acompañarlo a comprar el libro "Luna Nueva" de Stephenie Meyer. Así pues, desayuné y salimos a las dos.
En el camino recordé la razón de mi ánimo apagado: Tengo gripa, tuve fiebre, tengo un fuego en mi nariz, mi ropa está en la lavandería, tengo que escribir un ensayo para el jueves, me veo como vagabunda.
Usualmente no me importa parecer vagabunda (creo que es cool), pero ¿en Bellas Artes? Los extranjeros te miran con desdén, de nuevo, en otras ocasiones diría "Screw you", pero resultó que mi mochila se revento del tirante. Y ahí andaba yo, cargando mi maleta como si fuera un recién nacido e intentando una solución fácil. Al no haber solución, decidí comprar una bolsa hippie. Saque todas mis porquerías de mi hermosa mochila café y las deposité en la nueva de colores folklóricos. Nada glamouroso.
Decidí entonces hacer algo que planeaba desde hacía una semana: Ir a la biblioteca.
El lugar era el mismo: Un edificio grande de aspecto de centro comercial, con sus ventanas gigantes y su olor a cielo. MI versión del cielo. ¿Es necesario añadir la increible cantidad de libros?
La última vez que fui... Febrero del 2007, la última vez que vi a Fedex, también. ¡Ah, Fedex! ¿Qué habrá pasado con él?
Lo busqué sin parecer obvia, su existencia es un secreto y yo tenía compañia. Nada. Me pareció extraño que no estuviera, después de todo Fedex es como parte del inventario; Siempre está ahí.
Nos conocimos un día entre los estantes de literatura inglesa. A mi me gustaba revisar libro por libro, y a él le gustaba sentarse a leer enfrente de "mis favoritos". Yo nunca reparé en él, yo andaba en lo mío. Se supone que él debería hacer lo mismo, pero un día se me acercó muy serio a preguntarme si me podía ayudar a encontrar algo. Yo dijé: No, gracias; y volví a lo mío. Él se fue, pero regreso a los diez minutos y esta vez preguntó más directo, y si se puede, más serio: ¿qué buscas?. Entonces se ganó "la mirada" (ojos desafiantes, parpadeo de superioridad, sonrisa burlona, advertencia implicita), dijé: Tú no trabajas aquí, no traes uniforme ¿qué te importa si yo reviso a conciencia? ¿en qué carajos te afecta?
-Me distraes, susurró, para indicarme que mi volúmen era algo elevado.
Yo me reí de lo tonto que sonaba, y él puso cara de estoy-hablando-en-serio. La conversación debió ser incómoda, pero parecía de alguna forma, bastante normal. Un extraño trataba de ganarme territorio y yo no iba a permitirlo.
-Ese no es mi problema, si te molesta cámbiate de lugar.
-Yo llegué primero, además creo que no te haría mal revisar algunos rusos y alemanes. Tienes un gusto pésimo.
-Mentira... ¿cómo sabes mis gustos?
-Te dijé que me distraes. Mira aquel sillón, sí, el café es donde yo leo. Y tú vienes siempre a la misma sección y lees todas las contraportadas, una y otra y otra vez. Es imposible concentrarse.
-¿No se te ha ocurrido dejar de mirar y ya?
-En teoría. Parece sencillo...
-Estas loco.
En un momento ya sonreía. La suya era una de esas sonrisas transparentes y contagiosas, que aproveche para observarlo bien: No era feo. Medía como 1.75, y andaba vestido casual, jeans y sueter. Habrá tenido uno o dos años más que yo, tenía cara de niño y cuerpo de hombre; ojos de listo. Muy bonitos ojos.
Me fijé en el libro: "En busca del tiempo perdido" de Proust. Predecible.
-Así que prefieres franceses, concluí en voz alta.
-Ajá.
-¿Qué hacemos con tu problema?
-¿Mi problema? Nuestro problema, corrigió.
Suspiré. Me acuerdo porque pensé "Carajo Mo, el único lugar dónde era seguro que te mantuvieras alejada de la tentación y ya encontraste un desconocido para coquetear. Niña mala."
Luego, el desconocido me tomó de la mano y me llevó, arrastró sería más específico, al otro extremo del edificio. Hubiera salido corriendo, o lo hubiera cacheteado por atrevido, pero parecía del todo inocente. Es más, parecía que yo no le gustaba, como si lo que le emocionara fuera fastidiarme y enseñarme, o presumirme, sus conocimentos.
Se puso a observar los estantes y en un par de segundos ya tenía un libro en las manos (me soltó). Era un libro descolorido y con pasta infantil, parecía cuento largo, en vez de novela corta. Tomó mi mano, de nuevo y puso el libro en la palma y cuando estuvo seguro me soltó.
-Creo que te va a gustar, tiene tu estilo.
-¿El del mal gusto?
-No. Este es recomendación mía.
-Te dijé que no necesitaba tu ayuda. Además parece novela cursi para adolecentes.
-¿Nunca te han dicho que no juzgues un libro por su portada?
-¡No, caray! En la vida escuche semejante cliché (Sarcasmo).
-Inténtalo.
-Bien, pero es solo para que dejes de molestarme.
-Es justo.
Cuando se fue a su rincón, me fui detrás de él y me acomodé en la sección de al lado. Cuando lo vi sentarse y pensé que dejaba de mirarme abrí el libro: "El cartero siempre llama mil veces", cuando iba en la página 30 se sentó a mi lado y dijó burlandose:
-Entonces en qué quedamos, ¿quién acosa a quién?
-Estoy en una sección diferente, así que tú me acosas a mí.
-Ajá. Entonces vente conmigo, que me quedé solito en mi rincón.
-Vaya, vaya. Bastante voluble el joven.
-Apuesto a que te acostumbras.
Era verdad. Me acostumbré a sus silencios largos y a sus miradas "entre capítulos", a sus siempre evasivas respuestas sobre su vida privada, a sus despedidas en la puerta, a que nunca me preguntara nada de mi vida, ni de nada que no fueran libros.
Libros y libros, era de todo lo que hablabamos: autores, corrientes, influencias, diferencias entre prosa y verso, comparaciones de editoriales. Algunas veces competía conmigo para medir quién leía más rápido, o cuántos ejemplares terminabamos en un mes. Fueron varios meses, de nada más que amistad.
Ahora que lo pienso, creo que nunca lo ví afuera, en el mundo real. Siempre me decía que la biblioteca era un espacio para ser libre.
Nunca me preguntó mi nombre. Me llamaba con nombres de heroínas de libros: Un día yo era Jane, otro Cathy, otro Elektra, otro Momo; Le gustaba decirme Momo. Así que como él nunca preguntó mi nombre, yo nunca pregunté el suyo. Jugamos ese juego todo el tiempo.
¿Y cómo me acerqué a resolver el misterio de su identidad? Fue por el separador que usaba, decía: "Para Fedex que lo único que necesita es un límite...para las páginas". No supé más.
En esa época yo andaba en las nubes con Sam. Eramos algo así como pareja (odio la palabra novios), pero como él iba a la escuela y yo no, pues tenía tiempo libre para pasear por mi cuenta, visitarlo en las tardes, y dejarlo acompañarme a mi casa por la noche. Mi rutina, aunque fabulosa, comenzó a tener desperfectos: Sam se enojaba de que cuando él tenía tiempo libre en las mañanas, yo ya tenía planes y me negaba a cambiarlos, o el hecho de que nunca lo dejé acompañarme a la biblioteca. ¿Para qué quieres ir si tú no lees?, le decía.
Tómemos un día como hoy, por ejemplo:
Dormí seis horas. Me desperté a medio día, totalmente resacosa y esperando no hacer nada. Después de tomar un buen baño, mi hermano me recordó que prometí acompañarlo a comprar el libro "Luna Nueva" de Stephenie Meyer. Así pues, desayuné y salimos a las dos.
En el camino recordé la razón de mi ánimo apagado: Tengo gripa, tuve fiebre, tengo un fuego en mi nariz, mi ropa está en la lavandería, tengo que escribir un ensayo para el jueves, me veo como vagabunda.
Usualmente no me importa parecer vagabunda (creo que es cool), pero ¿en Bellas Artes? Los extranjeros te miran con desdén, de nuevo, en otras ocasiones diría "Screw you", pero resultó que mi mochila se revento del tirante. Y ahí andaba yo, cargando mi maleta como si fuera un recién nacido e intentando una solución fácil. Al no haber solución, decidí comprar una bolsa hippie. Saque todas mis porquerías de mi hermosa mochila café y las deposité en la nueva de colores folklóricos. Nada glamouroso.
Decidí entonces hacer algo que planeaba desde hacía una semana: Ir a la biblioteca.
El lugar era el mismo: Un edificio grande de aspecto de centro comercial, con sus ventanas gigantes y su olor a cielo. MI versión del cielo. ¿Es necesario añadir la increible cantidad de libros?
La última vez que fui... Febrero del 2007, la última vez que vi a Fedex, también. ¡Ah, Fedex! ¿Qué habrá pasado con él?
Lo busqué sin parecer obvia, su existencia es un secreto y yo tenía compañia. Nada. Me pareció extraño que no estuviera, después de todo Fedex es como parte del inventario; Siempre está ahí.
Nos conocimos un día entre los estantes de literatura inglesa. A mi me gustaba revisar libro por libro, y a él le gustaba sentarse a leer enfrente de "mis favoritos". Yo nunca reparé en él, yo andaba en lo mío. Se supone que él debería hacer lo mismo, pero un día se me acercó muy serio a preguntarme si me podía ayudar a encontrar algo. Yo dijé: No, gracias; y volví a lo mío. Él se fue, pero regreso a los diez minutos y esta vez preguntó más directo, y si se puede, más serio: ¿qué buscas?. Entonces se ganó "la mirada" (ojos desafiantes, parpadeo de superioridad, sonrisa burlona, advertencia implicita), dijé: Tú no trabajas aquí, no traes uniforme ¿qué te importa si yo reviso a conciencia? ¿en qué carajos te afecta?
-Me distraes, susurró, para indicarme que mi volúmen era algo elevado.
Yo me reí de lo tonto que sonaba, y él puso cara de estoy-hablando-en-serio. La conversación debió ser incómoda, pero parecía de alguna forma, bastante normal. Un extraño trataba de ganarme territorio y yo no iba a permitirlo.
-Ese no es mi problema, si te molesta cámbiate de lugar.
-Yo llegué primero, además creo que no te haría mal revisar algunos rusos y alemanes. Tienes un gusto pésimo.
-Mentira... ¿cómo sabes mis gustos?
-Te dijé que me distraes. Mira aquel sillón, sí, el café es donde yo leo. Y tú vienes siempre a la misma sección y lees todas las contraportadas, una y otra y otra vez. Es imposible concentrarse.
-¿No se te ha ocurrido dejar de mirar y ya?
-En teoría. Parece sencillo...
-Estas loco.
En un momento ya sonreía. La suya era una de esas sonrisas transparentes y contagiosas, que aproveche para observarlo bien: No era feo. Medía como 1.75, y andaba vestido casual, jeans y sueter. Habrá tenido uno o dos años más que yo, tenía cara de niño y cuerpo de hombre; ojos de listo. Muy bonitos ojos.
Me fijé en el libro: "En busca del tiempo perdido" de Proust. Predecible.
-Así que prefieres franceses, concluí en voz alta.
-Ajá.
-¿Qué hacemos con tu problema?
-¿Mi problema? Nuestro problema, corrigió.
Suspiré. Me acuerdo porque pensé "Carajo Mo, el único lugar dónde era seguro que te mantuvieras alejada de la tentación y ya encontraste un desconocido para coquetear. Niña mala."
Luego, el desconocido me tomó de la mano y me llevó, arrastró sería más específico, al otro extremo del edificio. Hubiera salido corriendo, o lo hubiera cacheteado por atrevido, pero parecía del todo inocente. Es más, parecía que yo no le gustaba, como si lo que le emocionara fuera fastidiarme y enseñarme, o presumirme, sus conocimentos.
Se puso a observar los estantes y en un par de segundos ya tenía un libro en las manos (me soltó). Era un libro descolorido y con pasta infantil, parecía cuento largo, en vez de novela corta. Tomó mi mano, de nuevo y puso el libro en la palma y cuando estuvo seguro me soltó.
-Creo que te va a gustar, tiene tu estilo.
-¿El del mal gusto?
-No. Este es recomendación mía.
-Te dijé que no necesitaba tu ayuda. Además parece novela cursi para adolecentes.
-¿Nunca te han dicho que no juzgues un libro por su portada?
-¡No, caray! En la vida escuche semejante cliché (Sarcasmo).
-Inténtalo.
-Bien, pero es solo para que dejes de molestarme.
-Es justo.
Cuando se fue a su rincón, me fui detrás de él y me acomodé en la sección de al lado. Cuando lo vi sentarse y pensé que dejaba de mirarme abrí el libro: "El cartero siempre llama mil veces", cuando iba en la página 30 se sentó a mi lado y dijó burlandose:
-Entonces en qué quedamos, ¿quién acosa a quién?
-Estoy en una sección diferente, así que tú me acosas a mí.
-Ajá. Entonces vente conmigo, que me quedé solito en mi rincón.
-Vaya, vaya. Bastante voluble el joven.
-Apuesto a que te acostumbras.
Era verdad. Me acostumbré a sus silencios largos y a sus miradas "entre capítulos", a sus siempre evasivas respuestas sobre su vida privada, a sus despedidas en la puerta, a que nunca me preguntara nada de mi vida, ni de nada que no fueran libros.
Libros y libros, era de todo lo que hablabamos: autores, corrientes, influencias, diferencias entre prosa y verso, comparaciones de editoriales. Algunas veces competía conmigo para medir quién leía más rápido, o cuántos ejemplares terminabamos en un mes. Fueron varios meses, de nada más que amistad.
Ahora que lo pienso, creo que nunca lo ví afuera, en el mundo real. Siempre me decía que la biblioteca era un espacio para ser libre.
Nunca me preguntó mi nombre. Me llamaba con nombres de heroínas de libros: Un día yo era Jane, otro Cathy, otro Elektra, otro Momo; Le gustaba decirme Momo. Así que como él nunca preguntó mi nombre, yo nunca pregunté el suyo. Jugamos ese juego todo el tiempo.
¿Y cómo me acerqué a resolver el misterio de su identidad? Fue por el separador que usaba, decía: "Para Fedex que lo único que necesita es un límite...para las páginas". No supé más.
En esa época yo andaba en las nubes con Sam. Eramos algo así como pareja (odio la palabra novios), pero como él iba a la escuela y yo no, pues tenía tiempo libre para pasear por mi cuenta, visitarlo en las tardes, y dejarlo acompañarme a mi casa por la noche. Mi rutina, aunque fabulosa, comenzó a tener desperfectos: Sam se enojaba de que cuando él tenía tiempo libre en las mañanas, yo ya tenía planes y me negaba a cambiarlos, o el hecho de que nunca lo dejé acompañarme a la biblioteca. ¿Para qué quieres ir si tú no lees?, le decía.
Sam confiaba en mí, aún lo hace, pero en esa época las tentaciones eran mayores.
¿Cómo pude resistir a un tipo listo con buen gusto en libros? Alguien que me desafiaba en todo lo que yo daba por seguro, alguien que me obligaba a abrir mi mente y a esforzarme por conocer de temas que consideraba irrelevantes. ¡y lindo además!
Fue una jugada del destino, dos hombres cuasiperfectos en el mismo tiempo y espacio. Lástima que yo ya había tomado mi desición, lástima que Sam pareciera más perfecto, lástima que Fedex sólo se atrevió a besarme aquella vez mientras oscurecía en el mirador, lástima que todo duró tan poquito.
29-11-06 3:56 p.m.Y hoy todo lo que me queda son recuerdos...
No tengo noticias, ni perspectivas, sólo recuerdos.





















1 comentario:
Carajo...
Yo también amo la Vasconcelos y su amplía colección...y también acostumbro deambular por los pasillos leyendo las contraportadas...
Me pregunto si alguna vez vi de lejos a Fedex
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