26 dic 2008

Bitácora de viaje


El miércoles dejé mi capital para asistir a la famosa cena de Navidad en casa de la familia paterna, aquella que yo atino a llamar “La de los maestros”; Así es, casi el 60% de los hermanos de mi papá (y parejas) se dedican a la enseñanza.

Es curioso lo mucho que me preparo para el viaje, y llegando allá lo fuera de lugar que me siento. En realidad el estado de Puebla es de mis favoritos, y considero al pueblo de mi papá un lugar pintoresco y adorable. Siempre he creído que me encantaría ir más seguido, si nos quedáramos en un hotel, pero eso heriría sus sentimientos, y nosotros no queremos hacer eso ¿verdad?

No me gusta el tipo de persona en la que me convierto cuando llego allá: Mi voz baja un par de decibeles, mi carácter es el de una mustia, digo “por favor” y “gracias” para todo, tengo que recordarles que no bebo refresco cada jodida vez que comemos y quieren servirme. Lo se, lo se, no parece tan malo, pero es que tengo demasiados tíos y primos, y siempre hay alguien extremadamente servicial a mi alrededor poniéndome muy incómoda.

Temo, casi siempre, las dos terribles preguntas que mi familia (la que me conoce) sabe está prohibido hacerme: La primera, ¿cuánto te falta para graduarte? (con la variante ¿en qué año vas?), y la segunda ¿Tienes novio? (con la variante ¿Y para cuándo te casas?) Las odio ambas. Una reacción natural, entiéndase en mi hábitat, sería contestar “eso no es de tu incumbencia” (con la variante “Fuck off!”) o decir “¿Yo novio? ni que fuera imbécil”.


Detesto no ser yo.

¿Qué hay de malo con mi forma de ser? Soy muy honesta, y se supone que eso es una cualidad ¿no?, entonces por qué creo que los oídos les sangrarían si yo empezara a hablar del modo en que regularmente lo hago, haciendo los gestos que regularmente hago, sacando todo el sarcasmo que me brota con las preguntas tontas, y opinando sobre los temas que se discuten en la mesa a la hora de la cena. En realidad, yo tengo una opinión para cada cosa existente o inexistente en el mundo, pero sucede que prefiero sentarme a comer en silencio; por supuesto ellos piensan que soy tímida, idiota, paranoica, o asocial. No saben que yo conozco de varias cosas, que soy experta en otras, y que claro, no tengo idea de quienes son. Yo no conozco a mi otra familia, ¿cómo podría? Los veo dos veces al año, si eso suma una semana, es mucho.

Algunos me agradan bastante; aunque, en realidad, no puedo decir que los quiero. Simplemente no puedo encariñarme con las personas por obligación, aún si la obligación es de sangre.
Antes no juzgaba a nadie. Apuntaba a decir “pues mis primas son medio especiales, pero no tengo nada en contra de ellas”, pero ahora, después de lo que paso, puedo honestamente decir que “son una manada de hienas, y lo malo que les pasa posiblemente es el karma cobrándoles lo Bitches (con mayúscula) que son.”
La historia es más o menos así:

El veinticuatro desperté a medio día, apenas y dormí seis horas. Las maletas se las llevaron en la mañana en la camioneta. La idea era alcanzar a mi papá en un lugar a eso de las tres, por supuesto llegamos tarde, obviamente fue mi culpa. Estaba esperándonos con su hermano y esposa que viven aquí en el D. F. para irnos juntos. La salida fue un caos: Tráfico de cuatro carriles, estaciones de radio con mensajes cursilones navideños (incluso las rockeras), el teléfono de mi tía sonando cada tres minutos (tono de reggaeton, gracias), mi tío dormitando. Nosotros tres (mi hermano y mi prima) con un hambre tremenda.

Llegamos hasta las 7:30 p.m. (la camioneta esta tirando aceite y no sube las pendientes con velocidad adecuada) después de pasar varios pueblitos junto a la carretera y árboles hasta dónde la vista alcanza a recorrer. Allí estaba, siempre el mismo típico pueblo turístico de la barranca, la sierra a su alrededor. Adoro el olor característico de la neblina, de la tierra mojada, del aire limpio. Me encanta leer el letrero de bienvenida y observar las miles de lucecitas en medio de los árboles, avanzar por sus calles empedradas e iluminadas con farolitos y tocar fondo en la calle principal para estacionarnos.

Hasta ahí todo iba bien.

Me bajé corriendo del vehículo por tres razones: la primera, no hicimos paradas y yo bebí litro y medio de agua en el trayecto. La segunda, mis piernas estaban entumidas porque tuve que llevar mi maleta en las piernas (exceso de equipaje). La tercera, íbamos con la prisa que produce tener un intercambio a media noche y no llevar regalos; excepto mi hermano, que es el único previsor de la familia. Después de desahogar mis dos primeras necesidades, mi prima “Cookie” y yo nos dispusimos a recorrer tiendas en busca de los tres regalos faltantes.

Yo dejé de preocuparme por dar algo perfecto hace un año, cuando me tocó mi cuarto pésimo regalo consecutivo: una muñeca de rosita fresita (a los 18), un juego lapicero-pluma dorado (19), una mochila hippie (20), una bufanda blanca (21). No sería tan malo, si yo no odiara el color blanco, creyera que el oro es ostentoso y naco, ignoro las cosas hippies no-originales y detesto las muñecas desde que era niña.

Lo bueno del lugar es que tiene muchas tiendas, así que pudimos revisar a conciencia. Yo compre una cartera de piel para mi tía en la segunda que entramos, pero Cookie es muy indecisa y tuvimos que buscar durante ochenta minutos el articulo perfecto para una preadolescente de trece años. Yo sugerí comprar maquillaje o un portarretratos de una marca nice, pero claro, yo qué carajos puedo saber de compras, si nada más soy semiprofesional en ello.

A eso de las nueve ya teníamos un hambre atroz (yo no había desayunado), así que pospusimos las compras y fuimos por tacos, esos que son famosos entre nosotros y que hemos convertido en leyenda en la capital. Soñamos con su sabor durante meses y vale la pena; pagamos cincuenta pesos de las dos, una ganga.
Compré una muñeca para mi papá (para que regalara) y Cookie se decidió por un gorro de estambre con bufanda rosita bastante bonito.

De regreso nos paseamos por la plaza, riendo, cantando, bromeando sobre tonterías y coqueteando con los tipos lindos que nos topamos; todo a la vez. Llevamos todo a envolver y para las diez ya estábamos de regreso en la casa. Eso es lo bueno de estar en la provincia: las tiendas están abiertas en Nochebuena y todo queda a media hora máximo caminando, no hay inseguridad.

Nos habían dicho que no anduviéramos por el camino de la barranca porque se aparecía un tipo con una gabardina y se acercaba a ti abriéndosela para mostrarte “sus partes”, pero nosotras secretamente esperábamos encontrarlo y así tener una historia que relatar durante los rezos obligatorios de la posada. Sí, dije DURANTE. En fin, que el pervertido nunca apareció y ahora la única historia que tenemos es la de un cementerio creepy con puertas de metal muy a lo Scooby doo. Lástima, porque a mi otra abuela le habría hecho gracia lo del encuerado, aunque a la de aquí le habría provocado rociarnos agua bendita en los ojos.


Cuando llegamos nos sentamos a ver la televisión y a saludar a los treinta miembros de la familia. Mi prima “Perniciosa” (de veintiséis años, madre de un niño de dos) empezó a preguntarme, si yo le iba a dar a ella y qué era, de manera tan insistente que se me salió un “Te tengo un súper regalo ¿sabes lo que son los vales de uniformes del D. F?” Afortunadamente es sorda ante la ironía.
Mi hermano, Rufus, estaba retorciéndose de hambre y la cena aún no estaba lista, así que decidimos salir a la calle por más tacos. De regreso empezamos a sentir frío e hicimos lo que cualquier persona NOrmal haría: Compramos paletas heladas. En el camino yo iba cantando “You know that I’m no good” tan alto, que los perros empezaron a aullar. Mi hermano dijo: “¡Cállate, estas destrozando a la Winehouse!” y yo dije: “Screw you, bitch, I’m just getting warm” (Mi hermano y yo nos insultamos en inglés siempre).

En la banqueta de la casa de mi abuela estaban mis primos practicando con la patineta y haciendo planes para ir a la laguna al día siguiente, dijeron “¿por qué están comiendo hielo con este frío? ¿Qué están locos?”(En Puebla estaba helando), fue mi primo Hyde (recién graduado abogado y chilango como yo) quien nos dio la razón con su “las cosas congeladas hacen que se te quite el frío”, fin de la discusión. God bless him.
Después de darles ideas a los efebos para que intentaran saltar los coches con la tabla y para que se subieran a la azotea del vecino e intentaran patinar en un segundo piso, trate de hacerles creer que todo era idea suya, solo Hyde empezó a bromear con que eso era un delito llamado “suicidio asistido” y que iba a demandarme por manipular sus mentes pendejitas.
Cuando entramos a la casa empezamos a hablar de fiestas locas con mucho alcohol y de los ridículos que uno hace cuando esta ebrio. Yo saque el tema de Metallica y él dijo que le gustaba “Enter Sandman” por la letra, pero que no entendía muy bien el concepto de Sandman, yo dije “el Sandman es algo así como un hada de sueño, como el Booggie man, pero neutral”, entonces uno de los niñitos me preguntó “¿Tú sabes quién es el Booggie man?”, y yo sincerota como soy le contesté “Sí, es el Coco, un personaje inventado, ya sabes, como Jesucristo”. Los que entendieron empezaron a reírse, pero el niño replicó “¡No, es un señor de las luchas que come lombrices!”. Ah, la inocencia de los niños.
Terminando de cenar fui en busca del alcohol, por que si hay algo que nos viene de familia es la inclinación a la bebida. No había Vodka en la mesa, pero había Torres, Tequila añejo, y brandy norecuerdolamarca. Mi primo Barney trato de prepararme mi tequila (según fue barman), pero trato de ponerle refresco (Argh!), así que tome los limones con la sal y salí corriendo de ahí a reunirme con “los exiliados” llevándome mi trago virgen. Los exiliados éramos Rufus, Cookie, Hyde, y yo. Escondiéndonos todos del escuadrón de baile.

Mi hermano deserto y Hyde preguntó si Rufus seguía durmiéndose temprano, yo conteste: “¡No que va! Ahora aguanta hasta las once” y él empezó a reírse y soltó “¡Órale, yo me considero sarcástico, pero tú me la matas!”, yo nada más dije “¿Sarcasmo? ¿Y eso qué es?”.
Luego fue el intercambio: Una bolsa tejida de mimbre, nunca fallan. No esta tan mal, though.
Así que mientras avanzaba la madrugada nosotros empezamos a discutir sobre el aumento al metrobús, la nueva biblioteca y su acervo, los libros de José Saramago, nuestra falta de fe católica, Sócrates y la mayéutica, y el judaísmo en el libro de Don Quijote, luego de los españoles racistas, al final, de nazis.
De repente escuchamos en el comedor voces amplificadas, eran como las tres cuando empezaron, cuando salí a ver (porque ellos tenían las botellas) me di cuenta de mi estupidez. Estaban borrachos: Barney, sus hermanas Morticia y Perniciosa, mi tía Algarabia, mi prima Seamonkey (la hermana menor de Hyde), mi primo Espurio y mi papá. Tenían un disco de canciones viejas conectado a una bocina, a su vez conectada a un micrófono. Estaban sentados en circulo y cuando me acerque me dijeron que Espurio había tirado la botella de tequila (imbécil); Espurio estaba fumando y fumigándolos a todos (doble imbécil).
Mi papá me pidió que me quedara un rato con ellos a cantar y todos empezaron a hacer coro “no te vayas”, “ándale, siéntate”, “acompáñanos con esta bonita canción”, “esta es con dedicatoria para la prima”, “Uy, la prima se cree mucho”, “Ya se va, una porra para la prima”, “¡Que cortada!”. Obviamente ninguno de ellos me quería ahí, pero les gusta poner a las personas en situaciones incómodas, y si hay una persona con la que yo cuido lo que digo, y a la que trato de no contradecir, es mi padre.
Así pues, me fui calladamente. Ya había yo empezado con la botella de Smirnoff, cuando me di cuenta que era la segunda vez en el mes que me pasaba esto. Me salí a la calle y empecé a lanzar maldiciones por lo bajo, luego hice el transito a la risa, después comencé a discutir con Migomisma, seguido de más risas. Entre a la sala diciendo: “Gracias a un duro año de entrenamiento puedo callarme y tratar de ignorarlos, por que soy muy… muy…¿tolerativa?” Hyde me corrigió: “Tolerante”, dijo. Yo contesté “si, si, eso, tolerante”.
Dejé de beber.
Cuando me lavé la cara para irme a acostar todavía estaba enojada, creo que pase diciendo “Un alcohólico es alguien que bebe tanto como tú, pero te agrada menos”, en fin.

La mañana siguiente no llegó, fue más bien la tarde (2:00 p.m.) Cookie y yo fuimos a bañarnos, mientras que el resto de los “jóvenes/adultos recientes” se fueron a remar a la laguna. Después, ya limpias, fuimos a pasear por la plaza y sí, nos encontramos a algunos tíos y el resto de los niños que quedaban ¡Que lata eso de estar en un pueblo pequeño! ¿Cuáles son las posibilidades de encontrarte con personas que te incomodan en la cuidad? Amo mi cuidad (Nostalgia).

En la tarde no hubo posada. Optamos por el Café Del Zaguán, dónde pagas una cantidad absurda por un pedazo de pay minúsculo. Luego paseo por la plaza y la iglesia. Fotografías. Encontramos un letrero en un local que decía: “Se solicita desempleada”. Muy especifico.

A la mañana siguiente, madrugada (6:00 am), empacamos como cada año y en menos de una hora ya estábamos en la salida de la carretera poniéndole gasolina al auto. Mi hermano se quedó, como cada año.

Como no tenía música, ni libro (me equivoque de elección), me dediqué a hacer lo que hago siempre en los momentos aburridos: Leer lo que está escrito en las bardas y deletrear en mi cabeza las palabras, luego deshacerlas en anagramas, luego pensar historias locas con ellas. Me entretuve un rato. Luego leí el nombre del pueblo que cruzábamos: “Palos caídos”, y se me salió la risa burlona. Mi prima y mi papá me ignoraron.

En la autopista cruzamos varios lugares de aspecto campirano rayando en el cliché de lo bonitos que eran, me distrajo un señor montado en un burro, seguido de otro montado en un caballo, parecían seguir una fila; esto en un lugar llamado “Camotepec” ¡Ah, Puebla y sus camotes! Empecé a pensar en una historia dónde el índice de natalidad era más alto en Palos Caídos que en Camotepec, y el hombre montado en el burro era el jefe de el que andaba a caballo. Curioso, curioso.

A medio día ya estábamos en “México”, ¿por qué será que la gente de provincia se refiere así al D. F? México es el país, no la capital. Lo he dicho mil veces, nadie escucha.
Mi papá tenía trabajo, así que nos llevo a desayunar y nos despedimos. Decidimos irnos de paseo a Coyoacan. Llegamos tan temprano que los puestos comenzaban a ponerse, dimos un par de vueltas, revisamos librerías, fuimos por café a El Jarocho, luego a las trencitas (Cookie se hizo una). El acuario estaba cerrado. Fuimos a buscar a la ardilla del jardín y luego por nieves (no había de pepino), recorrimos el mercado de artesanías. Compré un CD.
Así que, luego de una tarde de coyoacaneo en viernes, regresamos cansadas al hogar; Vacío ¡Woopie!

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