Hoy ya es ayer. Quiero decir que la fecha exacta de este post es 17 de Diciembre (escribo de madrugada).Botadero fue hace dos años. Los Killers venían a México y el frío era una delicia, claro, si te gusta el frío. Teníamos un mes planeando un mini break a la provincia. Eso hasta que Ed aterrizó en la capital. Sucedió rápido, como arrancarse una tira de cera de la pierna. Igual de doloroso.
Después de una cadena de eventos desafortunados, sucedió la clásica coversación seria. Escuché como a lo lejos el "Vamos a darnos un brake", pero no era del tipo que habíamos planeado; Este era el cliché (los odio). La verdad es que no le di muchas vueltas: yo sabía que Él era muy manipulable y que el otro era un manipulador. Puras matemáticas.
Recuerdo haber dicho "Eres un cretino y estoy segura de que vas a arrepentirte, cuando lo hagas, no me busques". Hice una salida a la vieja escuela: Cabello volando, mirada de superioridad, paso firme, portazo.
¿Por qué seré tan atravancada?
Me fui a sentar al zoológico de Chapultepec, frente a las jaulas de los changos. Siempre he sentido fascinación por los micos. Y allí estaba yo, con cara de circunstancias y todos los sentimientos que te provoca una ruptura -una mezcla interesante-: furia, confusión, nauseas, leve taquicardia, angustia, melancolía, miedo, odio, etc.
Decidí (por una extraña y desconocida razón) subir el camino para llegar al Castillo de Chapultepec. Iba concentrada en llegar a la cima y por unos instantes estuve bastante distraída. En la entrada enseñé mi credencial de la universidad y pasé gratis. Subí las escaleras sin mirar la exposición permanente; al fin y al cabo la he visto veinte veces. Avancé entre niños gritones, efebos toma-notas, señoras preguntonas, turistas asombrados. Llegué al jardín de la terraza y me senté en la banca. Me gusta la vista del bosque.
Cuando el atardecer se acercaba decidí salir de ahí. Miré un par de ardillas en el descenso "El muy marica le tiene miedo a las ardillas", recordé. Traía en la bolsa El valle de las muñecas de Jacqueline Susann, iba por mi cuarta lectura. En el camino me aprendí el poema que abre la historia, pensé en lo increiblemente irónico de la situación, de cómo se parecía a la trama del libro.
Ya en mi casa me entretuvieron otros temas. En la noche no pude dormir. Los siguientes días no contesté el teléfono y me alejé del correo electrónico. No es tan difícil cuando no eres tan apegado al internet.
El sábado en la tarde fui a visitar a Lily. Platicamos y comimos helado en cantidades industriales. Luego, una emergencia hizo que ella me abandonara.
Mientras estaba en la mesa sola, se acercó un tipo arrastrando los pies. Era Teo. Tenía la misma cara de circunstancias que yo y, aparentemente, eso nos hacía unidos. Pura empatía.
Me contó que venía de casa de Sam, que él y su novia estaban invitados a comer para que le presentaran al hermano recién llegado de NY, que dos horas después salió de la casa sin novia. El muy cretino. Ambos.
Decidimos ir a una cantina a contarnos nuestras penas.
Manejó rumbo a San Ángel ¿Qué andabamos haciendo allá? Sigue siendo un misterio. Llegamos a un bar de aspecto lúgubre, ideal para entonar con nuestro ánimo. De fondo sonaba blues bajito.
Teo me llevó a una mesa del rincón, llamó al mesero y me preguntó: ¿Qué bebes?
Yo: No sé ¿Tú qué bebes?
Teo: ¿Piñas coladas?
Yo: No inventes, esas son bebidas de maricas.
Teo: ¿Tequila?
Yo: Mejor martinis.
Teo (al mesero): ¿Cómo te llamas, amigo?
Mesero: Juan, para servirle.
Teo: Mucho gusto, Juan. Mira, la señorita quiere martinis, tráele una fila de aquí a aquí (señalando los extremos de la mesa).
Mesero: ¿Qué tipo de martinis?
Teo: De los que tienen licor.
Yo: No. Se refiere a vodka o gin, secos, con cebolla o aceituna, de sabor, etc.
Teo: ¡Ah, vaya! Pues tráenos de diferentes para probar.
Mesero: Sí, señor.
Las conversaciones son difíciles de recordar cuando uno esta ebrio, y estábamos muuuuy ebrios.
Recuerdo en flashazos haber cantado "How blue can you get?", y otras canciones cursilonas, recuerdo haber hecho que Juan se sentara con nosotros, recuerdo que Teo se metió al baño de señoras y olvido cómo quitar el seguro, recuerdo que decidió mandar un trago de cortesía al barman, recuerdo que empezó a recitar fragmentos del "Expreso de media noche", recuerdo gritar que la navidad apestaba y que todos deberíamos adorar a Satán, recuerdo que Teo empezó a enumerar las razones por las que su ex-novia parecía un trasvesti, recuerdo que nos reíamos de el sonido del hielo en los vasos. Porque sí, para el final del día ya bebíamos whiskey en las rocas.
La peor mezcla de licores que jamás he hecho, ni que volveré a hacer. JAMÁS.
Tuve que llamar a Jona y decirle que fuera por nosotros ¡Ah, porque Teo pretendía conducir! y yo, aunque ebria, me daba cuenta de lo estúpido de su razonamiento. Jona nos miró entre aterrado y confundido. Simplemente no podía entender cómo terminamos en ese estado; después de que le ayudo a Teo a pagar (Teo traía dinero, pero se rehusaba a pagar lo justo ¿cómo ibamos a dejar sin propinas a nuestros hermanos?) y dejar lo necesario, que era bastante.
Afuera ocurrieron varias escenas: Una donde Teo no recordaba la ubicación de sus llaves, una donde Jona tuvo que registrarlo, una donde tuvimos que convencerlo de que Jona no pensaba robarle su coche, una donde yo quería conducir (Yo no se conducir). En el camino creamos una sociedad secreta, un juego de deletreo y una nueva modalidad de hacer Radio-karaoke.
Me cae que Jona es un santo. No me regañó, ni dijo nada.
Fuimos a dejar a Teo a su casa (un problema encontrarla porque yo nunca había ido), luego Jona me llevó a la suya y me acostó en su cama. Desperté cuatro horas después totalmente mareada, vomitando y lanzando maldiciones.
Dos horas después, con hambre, fuimos por unos tacos.
Todo esa semana es un misterio para mí. Recuerdo sobre todo a Jona recogiendo mi cabello mientras yo vomitaba (única vez en diez años) y cómo me puse a decirle que los boletos para los killers se habían desperdiciado.
...Y esa es la historia del primer pescado acaramelado.





















No hay comentarios:
Publicar un comentario