
Andaba yo ansiosa por salir de mi casa. ¿Dónde puedes ir con sesenta pesos en el bolsillo? Dije: Voy a la biblioteca, regreso en la noche.
La biblioteca estaba cerrada. Después de lanzar un par de maldiciones contra lo crédulos que son los mexicanos, decidí pensar positivo y encontrar algo más que hacer.
Había un letrero que tenía escrito "Servicio gratuito de autobuses", no decía exactamente a dónde llegaban, pero no estaba lleno, y el metro sí. Me dijé a mi misma: "Mimisma, ¿dónde está tu sentido de la aventura? ¡súbete!"
Y ahí estaba yo, paseando en el turibus de los jodidos por el Centro histérico: Insugentes, Revolución, Balderas. Me bajé y tomé el de regreso.
Me encaminé al Monumento a la Revolución; creo que hoy es el último día para caminar con fluidez por su explanada. Antes había pasado por el New Yorker a comprar una taza de su delicioso café.
Me senté a esperar a que se enfriara mi bebida con todas esas personas que parecen no tener nada mejor que hacer en un viernes en la tarde. Saqué mi libro y me entretuve un rato, cuando necesité mis manos libres guardé al Conde Lucanor y observé el paisaje:
Restaurantes con variedades, el viejo frontón con sus paredes cacarizas, un Oxxo desierto, y encima el edificio gris y duro. Se ve tan raro con la escarcha tricolor y el pino lleno de nochebuenas. Me recuerda un poco al presidente en bermudas fosforecentes.
Me levanté porque una pareja estaba tomándose fotografías junto a unos renos de plástico, se veían contentos.
Tomé un trago de mi americano amargo, como me gusta, y me dirigí hacia la Torre del caballito. Grave error.
Mientras pasaba frente al edificio de la Lotería Nacional usaba todo mi poder mental concentrado en un mismo mantra: "Piensa en otra cosa, piensa en otra cosa, piensa en otra cosa"
"Estan reconstruyendo la torre, eso es otra cosa. El taxi no deja pasar al microbús, eso es otra cosa. El claxón entona mentadas de madre, bien merecido, es otra cosa. La fuente de la glorieta no tiene colores, eres una débil mental que no puede pensar en otra cosa."
No tengo autocontrol ¿qué le vamos a hacer?
¿Cuánto tiempo ya? Era diciembre, me acuerdo. Todavía no era tiempo de posadas. Fuimos a comprar un abrigo y nos desviamos para ver a los Reyes magos y Santas que se ponen en la zona. Teo venía con nosotros e insistía en tomar fotografías a todo lo que le llamaba la atención atrasándonos bastante. Ya era de noche y teníamos que cruzar por la glorieta para llegar al estacionamiento y recoger el coche de Teo. Entonces empezaron los colores en el agua y yo me quedé hecha una boba, no te sentí acercarte, pero me gustó el beso. Una semana después me mostraste la fotografía enmarcada. La única foto de nosotros.
Nosotros...
Un Turibus pasa lleno de turistas ¡Duh! y los veo tomando fotografías (Sólo Dios sabe si a mí), me doy cuenta de que estoy parada en medio de la banqueta y el muchacho que vende periódicos me mira con curiosidad. Digo "¡Que gente tan metiche!" y me largo de ahí. No debí desquitarme con él. ¿Qué hacer ahora? ¿Llamo a Jona para ir al cine? ¿Me regreso a mi casa a revolcarme en la mugre de mi memoria? ¿Voy con mi abuela? Odio no tener dinero.
Como la última es la mejor opción, imito a Caperucita y me adentro al bosque tenebroso que es la cuidad de México.
Antes de llegar pienso que todo se ve más bonito con adornos navideños, recuerdo que es día de las Lupitas y que hoy es la misa familiar. ¡Carajo, no me acordaba! Mi abuela no está.
Toco el timbre y desciendo del vehículo con buena puntería: Estoy frente a la cafetería.
Entro y escucho un disco de Belinda sonando: Lily no está. Me acerco al mostrador y le pregunto a Víctor por Liliana. Me saluda con un: "Ora tú, ¿qué milagro que vinistes? La Lily está en su cuarto", y regresa a lo suyo sin esperar respuesta. Así que digo "Gracias" y atravieso la puerta de servicio.
Subo las escaleras y cuando golpeo a la puerta escucho su voz gritar "¡Mamá, ya te dijé que no voy!" y luego un arsenal de groserías en francés. Igual me introduzco.
Luego de que me reconoce, deja de maldecir (que bueno, porque no entiendo nada) y suelta su clásico nada-amigable-saludo:
-Mira nadamás, pero si es la Monalisa en persona. Y con café de la competencia (Sarcasmo).
-Un error lo comete cualquiera.-¿De dónde es?
-Del New Yorker.
-¡Ah, vaya! Eso cambia las cosas (sarcasmo).
A veces me pregunto si Lily dice algo que no tenga implícito ese aire de ironía tan suyo. Es curiosa nuestra amistad. Parecemos Cristina y Meredith de Grey's Anatomy, o Miranda y Carrie de Sex and the City. Ella siempre será la realista.
Se ve diferente: Está bronceada, tiene pecas, su cabello es rojo (natural, igual que Miranda).Quiero distraerla, así que pregunto:
-¿Te fuiste a la playa?
-No, es autobronceador.
-Si fuera pintura no andarías pecosa.
-Bueno ya, me fui a Cuernavaca.
-¿Sola?
-No, con Teo. Me invitó hace un mes y me hartó tanto con su insistencia que acepté para callarlo.
-Tú siempre tan sacrificada. (Yo también se usar el sarcasmo)
-No es para tanto. Teo es divertido y ya sabes, cutie, pero somos diferentes. Yo no podría viajar por impulso.
-¡Otra vez con lo mismo! Es un buen tipo ¿qué más quieres?
-No estarás intentando sacarme información del desaparecido ¿verdad?
-Me preocupo por ti, si quieres botarlo, pues bótalo. Es asunto tuyo, y del desaparecido no quiero saber nada. Gracias.
-Ya pues, no te enojes.
-O.k. Cuéntame ¿por qué le gritabas a tú mamá?
-Quiere obligarme a ir a rezar a la iglesia.
-¿Qué no te conoce?
-Aparentemente. Mi mamá es un caso pérdido, aunque supongo que ella dice lo mismo de mí.
Hablamos mucho, poniéndonos al día con nuestras cosas. Yo hable, ella escucho, casi todo el tiempo; después de todo, ella es la psicóloga.
Cuando bajamos a la cafetería, hace cara de asco y cambia a Belinda por División Minúscula.
-¡Aleluya!, le digo burlándome.
-No empieces, porque voy a empezar a cobrarte las sesiones.
-Pues dejo de venir.
-No puedes dejarme, soy demasiado buena.
-Pero yo estoy demasiado jodida.
-¿Monetariamente?
-Monetariamente, claro.





















No hay comentarios:
Publicar un comentario