14 nov 2008

La Polonesa Heroíca

Los rituales siempre me han parecido parte de mi esencia, pero hacia ya bastante tiempo que no creaba uno nuevo.

Es viernes en la mañana. Lo que descansé no puede medirse en tiempo; quizá sí en espacio. Desperté a las ocho de la mañana (¡voluntariamente!) con el cabello revuelto y una expresión diferente en mi rostro.

Estás lista, me dije. Así pues, fui a la cocina y preparé café, me senté en la sala, prendí el equipo de sonido y busqué el famoso disco. Se encontraba arriba del “Back to bedland” de James Blunt y debajo del “Costello music” de los Fratellis. Era el mismo. Ya se me había olvidado el fondo violeta oscuro, el rostro al óleo con expresión seria, las letras al centro en mayúsculas: The best of CHOPIN.
Fue hace mucho.
Apreté play y esperé las primeras notas: Un nocturno, luego un vals, una balada y otro vals. Evito a propósito aquélla que me da miedo. La casa está llena y no quiero soltarme a llorar como magdalena.

Me sirvo café en mi nueva taza de cerámica, aquella que compré en Dolores, se llama Catrina porque tiene una calavera pintada a los lados, usa sombrero azul con una flor. Es mi amiga; le cabe medio litro. Tomo un pan de esos poco dulces y llenos de canela que te gustaban tanto, y regreso a acurrucarme a mi rincón del sofá. Es hora de terminar con los titubeos y atreverme.

La Polonesa heroica esta sonando. Acabo de darme cuenta que tienes razón; Sí es como yo.

Recuerdo lo que me dijiste: “Ésta me recuerda a ti porque no necesita de palabras para comunicar, porque al principio se te escabulle y cuesta trabajo atrapar cada nota, y cuando crees que deberías tocar algo más bonito es cuando comienza la tonada más perfecta que Chopin creo jamás. En más de seis minutos te desespera como ninguna otra, porque cuando piensas que ya la entendiste regresa como al principio. Aprendí a tocarla hace poco y ya me gusta.”

Nadie me cortejó antes con música, menos con clásicos.

Es mi favorita. Aunque, contrario a lo que puedas creer, no tiene nada que ver contigo sentado frente al piano, con tus manos deslizándose con destreza entre teclas blancas y negras ¡esas manos!, y esa sonrisa que sólo te he visto cuando tocas. No, tiene que ver con lo que la canción me hace sentir.
Imagino que estoy dentro de una botella en el mar, que me muevo de un lado a otro despacito, y luego rápido. Nada me preocupa, nada me desespera. El tiempo no existe, y el corcho en la boca de la botella no me atrapa, me protege. No me interesa dónde estoy ni adónde voy. Yo soy el mensaje.


Terminó. Di cuatro sorbos a mi café y una mordida a mi pan; no hay lágrimas.

Entendí algo: No tiene nada que ver contigo, siempre se trata de mí ¡y pensar que lo postergue durante ocho meses! Estoy bien loca.
Aprendí que dejar las cosas que me gustan porque me recuerdan a ti, no va a hacer que vuelvas.

Mi mamá se despertó: “Como que hoy amaneciste muy musical ¿no? ¿Qué, quieres relajarte?” Mamá, dormí doce horas, ¿para qué querría relajarme?, es mi respuesta.
Lo dicho, nadie entiende.

No hay comentarios:

Free Hit Counter