6 abr 2012

Segunda fiesta de cumpleaños

El sábado, como regalo de cumpleaños, Lily me llevó al salón para consentirme con una manicura. Celebrando además la llegada de la primavera y que teníamos tiempo, decidimos aprovechar para agregar a la cuenta pedicuras (gayest-word-ever) también. Ella escogió un simple y elegante francés -que para mi gusto resulta demasiado aburrido-, mientras yo elegía un diseño algo más extravagante: fondo amarillo brillante (sorpresa, sorpresa) con pequeños puntitos turquesa intenso, con algo de morado aquí y allá. No era precisamente discreto, lo admito, pero era divertido y eso es lo que importa. Las personas que esperaban turno para tratamientos de cabello se acercaban a mirar curiosas mis dedos y la opinión general fue que se veía estupendo... En mí. No parecieron considerarlo viable en gente sana de sus facultades mentales.

Más tarde, y ya estando en Roma, hicimos lo que los romanos; esto es, ponernos sandalias de tiritas (¡y vestidos tipo togas! ¡Weeeee, Togas!) No era sólo por presumir, ¿sabes? Como diría Elle Woods "cualquier chica con algo de clase sabe que debes dejar secar bien las cinco capas de barniz que traes puestas o corres el riesgo de joder todo el proceso". Parafraseando.

Luego de cambiarnos, era hora de asistir a mi segunda fiesta de cumpleaños de la semana. (La primera fue el verdadero día de mi nacimiento, con mi familia.) Se suponía que era sorpresa y, por tanto, alguien tenía que mantenerme ocupada. Pero bueno, si esperaban que eso funcionara debieron encomendarle la misión a otro. Lo del salón de belleza resultó sospechoso en Lil, ya que nosotras no solemos frecuentar lugares con tanto estrógeno. Lo natural hubiera sido ir a un bar, embriagarme y desear sobre mi whisky vivir en Brigadoon, Nunca Jamás o Narnia; En fin, cualquier lugar donde la posibilidad de envejecer sea nula.

Igual la experiencia fue entretenida. ¿Quién hubiera pensado que la felicidad puede encontrarse en el penetrante aroma de la acetona? Ah, caray, los drogos, ¿verdad?

Pues bien, no lo vas a creer, cuando llegamos a la cafetería en verdad me llevé una sorpresa: Había globos en forma de nubes cayendo del techo y tiras de hilo transparente con cuentas colgantes, imitando el efecto de lluvia cristalizada. Todo muy chic. Hubo abrazos, felicitaciones y referencias a la senectud. Lo normal. Las verdaderas burlas comenzaron en cuanto Roberto comentó groseramente sobre mis sandalias, yo comenté sobre su madre, y antes de lo que tardas en deletrear Quidditch, el resto de los invitados bajaban la mirada, asombrados -no de buen modo- ante los colores del esmalte:

-¿Sabe PETA que despellejas ranas del Amazonas para adornarte los pies? -dijo Andy.

-¡Mira nada más! ¿Qué carajos le pasó a tus uñas? ¿Es una nueva clase de viruelas locas o qué mierdas? -dijo Mike.

-Había oído que podías sufrir del pie de atleta, pero no del pie de payaso -dijo Jona.

-Hey, Mo, ignóralos. ¿Qué saben ellos? ¡No cualquiera logra revivir a Andy Warhol y convencerlo para que le pinte los pies! -dijo Al.

-Es como ver un adelanto del Lorax -dijo como-se-llame.

-Te advertí que iban a burlarse -dijo Lily.

-Oh, vayan al carajo -dije yo.

Y me solté a reír. ¡Los muy bastardos son ingeniosos!

En algún momento, ya entrada la tarde, la música fue interrumpida por Jona, que hizo un anuncio: Como ya saben, a Momo no le gustan los regalos costosos. Por eso, muñeca, voy a cumplir, aquí, frente a los presentes, una de tus fantasías más sucias, dijo sonriendo. Vació la copa del brindis, se aproximó a mí con aire sexy, me obligó a recostarme sobre el sofá, se quitó el saco, desabotonó lentamente la camisa y la arrojó a sólo-dios-sabe-dónde (yo estaba demasiado sonrojada y atenta como para fijarme), me acarició el cuello hasta dejar acomodada mi cabeza sobre el respaldo, y para rematar, finalmente, extrajo de quien-sabe-cómo un tazón lleno de racimos de uvas y procedió a pelarlas y ponerlas, una por una, entre mis labios. Todo el mundo estalló en carcajadas. Tenía razón: Siempre había fantaseado con eso. Aunque en mi fantasía él era negro. En realidad el color no importa. De hecho, todavía me queda la de Dwight Howard en la bañera. Al menos ya puedo tachar una de mi lista.

Ahora, sé lo que estás pensando. No consideras que sea lo bastante sucia, ¿verdad? Entonces supongo que tendrías que haber estado allí para ver lo pegajosas que le quedaron las manos a J.

En el segundo racimo comprendí al fin la sonrisa cómplice de Lily -seguro sabía por adelantado lo estúpida que iba a sentirme después- cuando le comenté mi idea de ponerme una toga. (¡Weeee, toga!)

Allí estoy yo, creyéndome muy lista en principio, y ahora existe para la posteridad un video de mí, echada sobre un diván, en toga y sandalias, con un sujeto descamisado introduciéndome fruta en la boca. Wunderbar. Ahora jamás podré hacer carrera en la política. Ahora mis futuros gatos se harán adictos al catnip porque soy una pésima influencia.

Por otro lado, ¡Yay, pastel!

Mmmm... Dejando a un lado las bromas, todavía quedan muchas interrogantes: ¿Cómo carambas supo Jona lo de las uvas? ¿Se lo dije en un momento de descuidada ebriedad? ¿O se me notan en la cara las perversiones? ¿Mencioné que Al me regaló un libro genial envuelto en papel de unicornios? ¿Olvidé mencionar también que el chiste de la decoración recaía en las sombrillitas de las bebidas? ¿Cuánto irán a durar mis uñas así de perfectas?

Caray, parece que crecer no es tan malo. A menos que sea, bueno, ya sabes, hacía los lados... o en la barriga.

*Lo último me recuerda: Alguien me regaló una botella de Vodka y condones. Yep, juntos. ¿Debería estar ofendida o sospechosamente alerta?

1 comentario:

Frédéric dijo...

Después de las uvas... Seee, yo estaría alerta, Mo.

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