Estoy cansada de que las personas me saluden con un "¿Por qué te ves tan blanca? O ¿Qué carajos le pasó a tu ceja?". Entonces tengo que inventar alguna excusa que viola mi política de eterna honestidad porque la verdad es demasiado vergonzosa para mi ego. Pero elegí contarla aquí, por única vez; Compren sus boletos.
Pues bien... Todo empezó una noche en que había bebido demasiado tequila (Venía de una posada). No estaba lo que se dice borracha, más bien contenta y llena de esa falsa energía que proporciona en raras ocasiones el alcohol. Dura poco, se quema rápido y te hace cometer pequeñas locuras. Ok, a veces eres un peligro para otros, aunque normalmente sólo para ti. Quizás exagero.
Empiezas con cosas pequeñas: Coses una capa para tu gato cortando tela de la camiseta que traes puesta. Decides pintar pokemones en tus botas (con esmalte de uñas) porque crees que "necesitan más onda". Caminas cinco cuadras al Oxxo a las 3:30 a.m., pues tienes antojo de un twinkie (claro, el DF es la ciudad más segura del mundo). Pasas media hora frente al microondas, donde metiste a tu tortuga mascota, tratando de decidir si apretar el botón o no, después de un maratón de las Tortugas Ninja en Netflix.
Espera, falta la ganadora de la noche...
Como ya dije, estaba hasta el tope de margaritas. Entré a mi habitación e hice lo primero que hago siempre: Me quité los pantalones. Miré mis piernas y pensé "Hey ¿No sería genial aprovechar que estás superdespierta, megaalerta y con todos tus sentidos intactos para depilarte con cera? ¿Qué podría salir mal? Pff, nada. Eres muy lista. No, tú eres muy lista".
Al principio parecía estar en lo correcto; No dolía nada (toda esa anestesia). Me felicité por el descubrimiento y por ser más astuta que las demás mujeres. Bastante segura que acababa de ganar el premio Cosmopolitan. Luego empezaron los Auch! Seguidos de los Goddamnit! Sonovabitch! Terminando con Al carajo, es invierno. Faltaba esa coordinación ojo-mano tan insignificante. Mejor dormir. Dormir bueno. Dormir suave.
Desperté un par de horas después, fresca y descansada. Ni el menor asomo de resaca. Aunque... sentía una tirantez en mi cara cuando me movía. Y al intentar incorporarme algo pellizcó mi espalda y emití sonidos que nada más escuchas en perros pateados. Resulta que ebria-yo eligió dejar las tiras de cera en la cama -en vez de, no sé, el piso o el bote de basura- para que sobria-yo lidiara con la experiencia de haber dormido en potencialmente dolorosas armas de tortura. ¡Sorpresa! Ja-ja. Dios, ebria-yo es una perra.
Era cuestión de respirar y quitarlas. Fácil. Excepto por la de la espalda, que estaba pegada horizontalmente. Ahora, si sabes algo sobre cera (no Michael), entonces acabas de exclamar Oh-uh, porque sabes que la cera funciona verticalmente y en un movimiento fluido (40-year-old-virgin, alguien?). Además tienes que ser experto en yoga o maestro jedi para doblarte en ésa posición. Y yo tengo más probabilidades de ser lo segundo que lo primero. En fin, muchas maldiciones y media hora después era libre.
Bueno, no totalmente. Yep, adivinaste. Quedaba una en mi cara. Libraba el ojo de milagro, pero tenía de rehenes a la mitad de mi ceja izquierda y la raíz del cabello. La ceja era causa perdida, el resto era cuestión de tener paciencia y cuidado... a menos que quisiera autoadministrarme el mohawk más hard-core de la historia.
Cuando terminé me miré al espejo. Qué desastre. Me ardía la cara y el orgullo. Mi cabello estaba lleno de aceite y toda yo era un asco. Hora de un baño. Mientras me metía bajo el agua caliente, me puse a pensar...
Sam y Dean tienen a Castiel ¿Y yo?
Si me concentro, puedo ver a mi ángel de la guarda, sentado en un bar, contándole a sus colegas las peripecias de su día.
-Y cuando despertó había cera por todos lados y le faltaba una ceja.
-Je je je... La muy burra.
El barman, que escucha la historia mientras limpia la barra, mueve las cabeza desaprobadoramente.
-Demonios, Cletus. No deberías beber en horas de trabajo.
Cletus lo mira, empina su trago y azota el vaso vacío reviviendo su tragedia. Qué sabe él.
Verás, Cletus perdió a su familia en un terrible accidente celestial. Su esposa e hijos murieron quemados aquella terrible mañana en que Helios, dios del Sol, decidió dejar a su hijo Faetón manejar las riendas de la carroza solar. No hubo justicia. No hubo culpables. Nepotismo, burocracia. Maldita sea. Tantos heridos, tantos muertos. El olor a plumas quemadas impregnando sus recuerdos desde entonces.
Lo único que alivia su dolor es la bebida ocasional, ponerme en situaciones ridículas y sentarse a observar.
Sí, ríete, Cletus. Tú, magnífico incompetente bastardo.






















1 comentario:
*Clap, Clap, Clap, Clap*
Cletus es la pura mamada.
Publicar un comentario