A principios del verano ocurrió un accidente. Mi teléfono salió volando de mi bolso y, en una de esas escenas impregnadas de tal desgracia, lo vi estrellarse en cámara lenta a dos metros de distancia. Asombrosamente no se cayó a pedazos cuando lo levanté. La pantalla seguía encendida. No es tan raro, pensé, yo misma me he caído así varias veces sin konzecuensias.
"¡Caray, Sylar, qué susto me diste!", dije revisándolo. A simple vista parecía perfecto. Este aparato es cada vez más como yo, pensé en voz alta. Suspiré con alivio, lo guardé con cuidado y no volví a preocuparme de ello... Hasta el día suguiente, cuando lo conecté al enchufe para intentar cargarlo y no se pudo. Estuvo chillando, su batería pidiendo energía, pero nada sucedió. Finalmente, apareció el mensaje de despedida y murió.
La parte inteligente de mi cerebro me dijo que estas cosas pasan y que debería comprar otro teléfono. Mientras que la otra parte, la predominante, me dijo que probablemente estaba cansado y sólo necesitaba un par de días para recuperarse. También me dijo que, antes de irme a dormir, buscara una estrella y le pidiera al Hada Azul devolverle la vida a Sylar. ¿Qué puedo decir? Sonaba a un mejor plan. Definitivamente más accesible con mi presupuesto.
Además, puedo vivir sin un dispositivo móvil en mi bolsillo. No soy como uno de esos desagradables adictos a las telecomunicaciones, colapsando porque no pueden recibir llamadas 24/7 o actualizar su estatus en facebook. Nuh-uh, yo no. Yo los odio. Yo no necesito un teléfono. Jane Austen vivió sin uno. Marie Curie vivió sin uno. Quasimodo vivió sin uno. Allá arriba el pobrecillo, tocando las campanas, con gárgolas como única compañía. Ah, eso era vida...
Y viéndolo objetivamente, no es como si mi vida dependiera de Sylar. Incluso podría ser agradable vivir sin tanta dependencia a la tecnología, ¿cierto? Sería emocionante, una aventura. Oh, pobre ingenua. Pobre y estúpida ingenua. Pobre y estúpida ingenua sin campanario.
Aquí es cuando te das cuenta que las cosas van a comenzar a desmoronarse. Veamos:

Para empezar, yo vivo en una casa que carece de relojes y donde abundan los cortinajes oscuros y pesados. Tampoco tenemos muchos espejos o crucifijos. Mmm... Espero que Van Helsing no lea esto, podría hacerse una idea equivocada. ¿En qué estaba? Ah, sí: Hogar draculense, no relojes. Con mis locos horarios de sueño -o ausencia de- sin Sylar no sabía si era de día o de noche. No tenía una alarma que me despertase. Ni una segunda alarma para levantarme definitivamente después de haber ignorado la primera. Y una vez despierta, ¿a dónde ir?
Mi agenda se encontraba en el ahora comatoso cerebro de Sylar. En otra persona no sería tan grave, pero yo lo agendo todo. TO-DO. Las personas me dicen la fecha y la hora en la que pueden (quieren) verme y yo la anoto, alarma incluída. Yo siempre estoy disponible, pero tienen que avisarme con tiempo. Suena a trampa; no lo es. ¿Necesitas asesoría para tus exámenes finales? ¿Necesitas ayuda para cocinar una cena importante? ¿Quieres ir al estreno de una película? ¿Compañía para una fiesta? ¿Una niñera? Bien, soy tuya... si estás agendado. Cada semana reviso mi agenda y, si no está programado, yo considero mi día libre para pasarlo durmiendo o mirando televisión. Además, la agenda me recuerda cuándo devolver los libros de la biblioteca, las películas rentadas, o algo tan básico como qué día es. Así que puedes imaginarte lo frustrante que resulta no saber nada, no recordar nada. Bien, es simple, sólo llámales y pregunta. ¿Recuerdas los números, cierto? Fuuuck.
Y sigue poniéndose peor. Mi libro a medio terminar estaba ahí. Las notas que fui reuniendo de los últimos siete libros leídos electrónicamente estaban ahí. Una gran parte de mi música. Mensajes de voz. Fotos. Lista de pendientes. Estaciones de radio favoritas. Un par de entradas para el blog a medio terminar. De repente me di cuenta que una parte de mi vida había muerto con Sylar.
Esto me llevó a pensar en los horrocruxes: Objetos en los que transfieres parte de lo que eres. A propósito. Reflexionándolo, no parece una idea tan absurda ni lejana. Y, al igual que Voldemort, me puse en marcha para recuperarlos. No vaya a ser que ese cretino Potter tenga otro colmillo de basilisco en su bolsillo... o tal vez sólo está feliz de verme. Heey-yo!
Total que fui a la Plaza de los celulares para buscar a un poderoso hechicero capaz de devolverme mi vida. Una hora, varias consultas y asesorías después, obtuve un diagnóstico: Sistema Operativo frito. Muerte cerebral. Éste sujeto, a quien llamaré Quirrell, logró recuperar algunas funciones, pero me dijo que no iba a durar mucho, que necesitaba otra batería y que no había una mejor solución que tirarlo a la basura y comprar uno nuevo.
Descorazonada, conté las monedas en mi bolsillo. No lo suficiente para un smartphone, pero si pudiera encontrar una de esas fuentes que salen en las películas...
El dinero es lo de menos, siempre puedo volver a las apuestas deportivas y aprovechar el mal juicio de algún pobre bastardo con un jugoso sueldo. El problema es que odio los nuevos smartphones, las blackberries, el iphone. Son feísimos. Horribles rectángulos planos, pantallas enormes o muy pequeñas. Ninguna tecla o muchas diminutas. Ugh. No caben en tu bolsillo ni en tu escote sin hacer bulto y en qué otro jodido lugar voy a ponerlos. Mi Sylar era bonito. Touchscreen, pero algunos botones estratégicos. Linux. Un mouse. Sistema de activación con voz. Cabía perfecto entre mis boobs. Ahhh... Sylar.
Descanse en paz.























2 comentarios:
Pues vaya si se le extrañará al pequeñin entrañable.
Buena suerte con encontrar algo que se adapte a lo que necesitas.
¿Blackberries, iPhones? Después de leer estas descripciones para los smartphones modernos, tuve que regresar al titulo de la entrada y corroborar que esto fue escrito en Octubre de 2013.
Lamento tu perdida; buena suerte encontrando bastardos con dinero.
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